Jan Langenus fue salomónico. “Hagamos un sorteo”, propuso. Así, el árbitro belga logró desanudar un conflicto que podía parecer menor, pero que no lo era. Es que ni uruguayos ni argentinos querían resignar, así nomás, la posibilidad de jugar la final del primer Mundial de fútbol de la historia con su propia pelota.

El aterrizaje de la moneda quiso que, aquel 30 de julio de 1930 -en el Estadio Centenario, de Montevideo-, el primer tiempo se disputase con el balón de los visitantes. Pablo Dorado puso en ventaja a los locales, pero los goles de Carlos Peucelle y Guillermo Stábile sellaron el lapso inicial a favor de los argentinos. En la etapa final, los uruguayos Pedro Cea, Icliarte Santos Iriarte y Héctor Castro clavaron tres veces la pelota charrúa en el arco de Juan Botasso y les entregaron argumentos a los que habían empezado a disputar el clásico rioplatense antes de que el balón rodase.

462BEA5500000578-5066719-image-a-19_1510247235832Pero conviene meterse en la máquina del tiempo para ver algunos grabados prehistóricos, que muestran a trogloditas de Nueva Guinea patear un objeto circular. Hay quienes se animan a tomar ese indicio como definitorio para ubicar en época y espacio el nacimiento de la pelota de fútbol.

Los historiadores sí coinciden en tomar como real lo que ocurría en China, tres siglos antes de Cristo. Entonces, los soldados eran adiestrados de un modo curioso: empujaban con el pie o el puño una esfera de cuero llena de cabellos, crines, virutas y otros materiales resistentes.

El repaso de la serpenteante historia de esa esfera que hace hablar al mundo permite encontrar curiosidades incluso en la literatura. En la Odisea, Hornero escribió: “Arrojó la princesa la pelota a una doncella, que la erró y al agua fue a caer en hondo remolino”.

Los muchachos corrían detrás de una episkiro, un pariente lejano del fútbol, concebido 800 años antes de la era cristiana. Precisamente, de Grecia es originario el vejiga de cerdo, cuyo interior se completaba con lanas, plumas y vegetales. Las más modernas, en cambio, se inflaban a fuerza de pulmones, a través de un largo tubo. El balón que usaban los romanos en el haspartum era parecido; algo lógico, ya que, al igual que gran parte de la cultura helénica, el juego se había trasladado a la península luego de la conquista de Roma sobre Grecia.

No lejos de Roma, en plena época renacentista, los jóvenes habitantes de Florencia pasaban horas pateando una pelota inflada con aire, que utilizaban en el calcio. Desde las improvisadas tribunas, un tal Leonardo Da Vinci examinaba un juego que, a veces, se tornaba demasiado rudo. Entre los participantes siempre se anotaba uno que también sería célebre. Lo llamaban Maquiavelo.

a-allEl gusto por el naciente deporte fue tal que traspasó las puertas del Vaticano. Allí, los Papas Clemente VII, León IX y Urbano VIII gambetearon más de una vez las formalidades para prenderse en picados eclesiásticos.

Ese tipo de balones rudimentarios se contrapone con las precisas instrucciones que la FIFA establece en la regla 2 de su actual reglamento. La misma dispone que la pelota “tendrá una circunferencia de 70 centímetros como máximo y 68 centímetros como minino y su peso, al comienzo del partido, no será mayor de 450 gramos ni menor de 410 gramos”. No terminan ahí las prescripciones: “La presión de inflado será igual a 0,6/1,1 atmósferas al nivel del mar”, remarca. ¿Y si el partido se juega a los 3.637 metros de altura de La Paz, en Bolivia? ¿Llevarán la bola inflada desde el llano?

Los británicos del siglo VIII nunca supieron de tantas especificaciones. El balón que usaban fue toda una novedad, ya que se lo inflaba y estaba recubierto por un pellejo cosido y ajustado. También son británicos los protagonistas de una leyenda que mezcla deporte y sangre. La historia se refiere a un capitán vikingo que, al desembarcar, fue capturado y asesinado por los pobladores, a los que se les ocurrió experimentar cómo era jugar a la pelota… con una cabeza.

El balón con el que se divertían los ingleses de Ashburne, en el siglo XII, era una vejiga de buey (o cerdo) que se untaba exteriormente con aceite para que no se desecara. Esa vejiga se metía arrugada dentro de una pelota de piel. El paso final era el inflado: el aire se introducía por medio de un cañón de pluma -por el cuello de la vejiga- o con una jeringa a fuelle. Demasiado trabajo como para andar perdiéndola a la primera patada.

¡Eureka! Ya son de goma
El siglo XIX sirvió -entre otras cosas- para que el fútbol se asentase como deporte. Luego de la creación de la Asociación de Fútbol en la taberna de Fremason (Londres), en 1863, se aceleró la evolución de los componentes de la pelota.

La industrialización del caucho, en 1870, ayudó a que la esfera de goma sustituyese a la ya obsoleta vejiga de chancho. Una década más tarde, un artesano de Yorkshire (Inglaterra) creó la pelota de cuero dividida en gajos, cosida a mano y con tiento.

Se cree que, cuatro años después, ingresó a la Argentina el primer balón de ese tipo. Lo habría traído William Waters, uno de los profesores ingleses del Buenos Aires High English School. Ese colegio fue un gran impulsor de la práctica del fútbol entre sus alumnos.

Como sucede con el dulce de leche, también a la Argentina le corresponde el hito de la invención de la pelota sin tiento. En Bell Ville (Córdoba), Juan Valbonesi, Antonio Tossolini y Luis Polo, en 1931, lograron adosarle una válvula a la cámara de aire. Así pudieron ser descartados el tiento… y los dolores de cabeza que sufrían los jugadores que le acertaban al cabecear. Un monumento recuerda el hecho.

Los registros que se tienen de la pelota en nuestro continente se remontan a la América precolombina (o prechina, como el lector prefiera). Mayas y aztecas se divertían con un balón de caucho nativo.

En el siglo pasado, algunos ciegos madrileños encontraron la manera de participar también ellos de la fiesta del fútbol: le introdujeron cascabeles a una pelota de trapo para poder orientarse. Con una más moderna -que conserva el necesario tintineo-, los jugadores de la Selección Argentina de Fútbol para Ciegos (Los Murciélagos) desparraman su talento por las canchas del mundo.

HISTORY WORLD CUP BALLS 2También en el siglo pasado, Pelé la besó cuando convirtió -según sus dudosas cuentas- el gol número mil de su carrera, en el estadio Maracaná. Y Norberto Alonso dejó en el recuerdo una de color naranja, tras haberla metido de un cabezazo en el arco del Loco Gatti, en un clásico entre su River y Boca. Y un tal Diego la paseó ante medio equipo inglés, pero sólo se la prestó a la red para decorar, en México 86, el mejor gol de la historia de los Mundiales.

Y hace ya cinco siglos, William Shakespeare la usó como metáfora en su Comedia de los errores, en boca de un personaje: “Ruedo para vos de tal manera… ¿Me habéis tomado por pelota de fútbol? Vos me pateáis hacia allá, y él me patea hacia acá. Si he de durar en este servicio, debéis forrarme de cuero”.

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UNA COSA CON P

Además de los nombres habituales, pelota tiene algunos sinónimos en distintos países de América que llaman la atención. En un recorrido lingüístico por el continente, se encuentran vocablos como caucho, globo, proyectil, goma o útil.

Etimológicamente, “pelota” tiene su raíz en la palabra del latín pila, que a su vez deriva de pilotta, una voz del mismo origen. Entre pelota y balón, aunque no lo parezca, también hay cercanía.

El idioma italiano denomina a la primera como “pala” que, sumada al aumentativo “one”, conforma la palabra pallone. De allí a ballon hay sólo un paso, y de este término a balón, otro.

En México y Cuba, se llama “pelota” al deseo vehemente que se puede tener por algo a alguien.

Cualquier coincidencia con lo que ella despierta en todo el mundo no es pura casualidad.

El premio al ingenio, de todos modos, se la lleva el mismo que se lleva los campeonatos: Brasil. Allí, para propios y extraños, ella tiene sexo: es mujer. Y, como corresponde, la tratan con cariño; le susurran menina (nena) o gorduchinha (gordita).Otros van más allá y le bautizan: Leonor o Margarita san algunas de los nombres preferidos.