Sentado en el sillón de su casa, se lo notaba fastidiado. Delante del televisor, repasaba los detalles del empate de esa tarde. ¿Cómo podía ser que Boca, su Boca, que venía de seis triunfos consecutivos y miraba a todos desde lo más alto, hubiera empatado 0 a 0 con Godoy Cruz en La Bombonera? Jorge Julio López pensaba en eso durante la noche del domingo 17 de septiembre de 2006 mientras los programas deportivos le mostraban cómo el equipo de Ricardo La Volpe le había puesto fin a una racha de victorias que invitaba a soñar con el título. Su mujer y uno de sus hijos eran testigos privilegiados de la bronca por los dos puntos que quedaron en el camino. No se sorprendieron porque a esa altura conocían bien la intensidad futbolera con la que Jorge vivía el cierre de la semana. Lo que no se imaginaban era que no lo verían nunca más.

Se la daba de técnico. Eso cuenta Rubén, su hijo, con la certeza de que el tiempo no podrá cicatrizar la herida que sigue produciendo la ausencia de su papá: “Siempre daba indicaciones. En la unidad básica La Maestre le decían El Viejo y él se ocupaba de llevar a los chicos a jugar. Nosotros vivíamos a tres cuadras de ahí y también participábamos de los picados”. En la localidad de Los Hornos, donde se había instalado luego de abandonar su General Villegas natal, los torneos interbarriales convocaban multitudes. Más allá de tener la oreja puesta en alguna radio para enterarse de lo que sucedía en los grandes estadios del país, los viejos y los no tan viejos se arrimaban a los potreros para ver de cerca a los cracks de la zona. Jorge era de esos que, sin perder la calma, se apostaban a un costado de la línea de cal para detectar a los talentosos que en una de esas llegarían a Primera.

Agosto de 1979. El recuerdo permanece intacto. Quizás sea porque los descensos suelen ser una marca difícil de borrar. Aunque por ahí se deba a que pocas cosas dejan tanta huella como ir a la cancha con un papá. Jorge era de Boca pero no logró que su descendencia lo imitara. Los primos y los tíos maternos pesaron lo suficiente como para que sus hijos se hicieran de Gimnasia. Lo habían liberado hacía poquito. Había estado secuestrado entre octubre de 1976 y junio de ese año. Lo habían torturado en el Pozo de Arana, uno de los centros clandestinos de detención a cargo del represor Miguel Osvaldo Etchecolatz. Enterado de la situación deportiva del Lobo, optó por acompañar a los suyos al desenlace de una campaña magra. Eligió el silencio ante el desconsuelo tripero. Lo consoló como pudo a Rubén frente a la impotencia de no poder evitar su sufrimiento. Después de haber visto de al lado la ejecución del plan sistemático de exterminio implementado por la dictadura, perder la categoría no parecía tan serio.

Iba a cumplir 77. Ya no contaba tan seguido las hazañas de Antonio Roma en el arco xeneize. De hecho, estaba algo preocupado porque el paraguayo Aldo Bobadilla no le terminaba de transmitir seguridad debajo de los tres palos. Pero, sobre todo, en ese final de invierno, Jorge estaba ansioso por la resolución del juicio contra Etchecolatz. Había declarado el 28 de junio demostrando una vez más su compromiso inquebrantable con la memoria, con la verdad y con la justicia. Su relato había resultado clave para el avance de la causa. El 18 de septiembre de 2006, el día anterior a que el genocida fuera condenado a cadena perpetua por cometer decenas de delitos de lesa humanidad, el día siguiente al empate en cero con Godoy Cruz, lo desaparecieron por segunda vez. Y en democracia.

Boca perdió la final del Apertura 2006 con Estudiantes. A Rubén le dio igual. Sin su papá sentado en el sillón, la resolución del torneo carecía de sentido. La Argentina se sacudió ante la confirmación de que el terror más siniestro no estaba enterrado. Ni un rastro. En ninguna parte. Como en aquella época. Como si la vida no valiera nada. Como si la impunidad no se resignara a la derrota. Sin embargo, aun ante el estupor que genera saber que siempre está faltando Jorge Julio López, su estampa en pleno potrero dándosela de técnico ilumina lo que viene: un partido en el que al olvido no le va a quedar otra que comerse una goleada.


NdE: publicado originalmente en El Furgón.