Mediodía de domingo. Solcito agradable. Un poco de resaca. Asado. Birras, vino, algún gin tonic… Algunos afortunados con una pileta a mano. Ya pasaron la picada y las achuras y llega el amigo rezagado de turno…

-Te dijimos a las dos, ¿no?
-Bueno, perdón, me puse a ver al City contra el Arsenal, partidazo, y antes del minuto… Pum… Gol del Kun. Qué crack es ese petiso.
-¿Cómo salieron?
-3 a 1 el City y atiendan bien: con los tres del Kun.

El “noooo” al unísono de todo el grupo hace inevitable la discusión futbolera… Que tiene que ser el 9 de la Selección. Que quién te mete tres goles en un partido así y en un montón de otros partidos. Que los que mete en el City después no los mete con la camiseta argentina… En fin, la charla de siempre en un tema que no parece tener una conclusión contundente: ¿por qué los futbolistas argentinos son noticia todos los fines de semana por sus actuaciones y en la Selección parecen otros?

Quizás porque, efectivamente, en la Selección son otros. Los tres goles que Agüero le metió al Arsenal el domingo, por ejemplo, fueron en el área chica, el último toque, el pase definitivo a la red. El segundo y el tercero fueron casi debajo del arco. El Kun estaba donde debía estar para redondear las jugadas colectivas del City. Iba a buscar lo que sabía que sus compañeros le iban a dar. No nos vayamos tan lejos y recordemos el gol de Agüero a Islandia en el Mundial. Tuvo que controlar un centro/cascotazo de Rojo, irse para atrás y clavarla en el ángulo de mediavuelta. O sea: el tipo se inventó una jugada donde no había casi nada. Exactamente lo contrario a lo que le sucede en el City. Y algo parecido sucede con la mayoría de los jugadores.

En el balance del Mundial 2014, después de que Sabella se inclinara en la final por un planteo con sólo Higuaín de punta, escribimos que, para jugar de esa manera, tal vez habría sido más útil usar al Picante Pereyra, un delantero que en aquel momento se cansaba de hacer goles en el Belgrano del Ruso Zielinski. El tipo vivía de las tres o cuatro pelotas que le llegaban para hacer bueno a su equipo. Las mismas tres pelotas que le llegaron al Pipa en la final y que ya sabemos cómo terminaron. Por supuesto que Higuaín tuvo su buena parte de responsabilidad en fallar lo que falló, pero un buen paso para intentar entender lo que sucede con cracks indiscutidos en sus equipos y bluff en la Selección es que la costumbre hace al hábito. Entonces no nos quedemos sólo con el número: los tres goles de Agüero sólo dicen que metió tres goles. Ni más ni menos que eso.