“Vivimos entre el dolor y el deseo hasta el final”, abrevió poéticamente Elza Soares, en una entrevista de 2013, su historia de amor y desamor, de esplendor romántico y violentas resacas, de opulencia, fama y bajo fondo con una de las estrellas más adoradas del cielo futbolero del Brasil, Mané Garrincha. A diferencia de las botineras contemporáneas, Elza Soares no era una rubia ociosa de clase media a la pesca de un joven millonario, sino una habitante del morro, de lo profundo de la miseria carioca que a los 12 años ya tenía un hijo y a los 20, con cuatro críos más, había enviudado por culpa de la tuberculosis. Y que para llenar la olla salió a cantar como quien sale a hacer la calle. Con su voz ronca, hipnótica, con la que reproducía las inflexiones de Louis Armstrong, a quien jamás había escuchado, y que la convirtió en una diva de lo que se dio en llamar bossa negra.

garrincha elza webAh, otra disidencia con las vedettes de última generación: Elza no se montó en los dólares y la notoriedad del popularísimo Garrincha. Cuando se conocieron, ella ya era una cantante respetada que sabía facturar su prestigio. Es más: cuando a Mané las rodillas le dijeron basta y empezó a caer en picada, Elza compensó los bolsillos flacos de su pareja con giras fuera de agenda. Y le aguantó el humor podrido por la cachaça, el revés exacto de la amabilidad y la dulzura que, según la propia Elza, distinguían a Garrincha.

Eran tal para cual. El roto y la descosida. Biografías simétricas. Lo descubrieron poco antes del Mundial de 1962, cuando ella fue a ver un entrenamiento de la selección amarela y él pidió conocerla. La cosa siguió en Chile, donde Elza viajó como madrina del equipo y Garrincha, que venía de salir campeón en Suecia 1958, encarnaba como nadie la exuberancia y la gracia del fútbol brasileño. Caído Pelé por una lesión, la gambeta serial de Mané por la raya derecha fue la llave del segundo título consecutivo obtenido por los brasileños. Garrincha, nacido Manuel Francisco dos Santos en 1933, en una favela del interior fluminense, y apodado por su hermana mayor con el nombre de un pájaro, ídolo del Botafogo, debilidad de multitudes, también conocido como “la Alegría del Pueblo”, surfeaba la cresta de la ola. Y allí se topó con Elza.

EN PECADO

garrincha y elzaA la vuelta del Mundial, se encerraron en la casa de la cantora, en el barrio carioca de Urca, hasta estropear los resortes del colchón. Y ya no se separaron. Salvo cuando Mané se iba a cazar, a recargar su lado salvaje. Luego regresaba manso, la llamaba Criolla y la trataba como a la reina que era. Pero el amor resultó inflamable desde el vamos. Eso que generosamente se denomina opinión pública y que Clarín bautizó grosso modo “la gente” reaccionó con indignación hacia su nueva compañera porque Garrincha estaba casado. Y no sólo casado: ya tenía entre siete y nueve hijos (la bibliografía no es unánime), del total de trece, catorce o quince que sembró por el mundo en sus 49 años de vida, incluido el embrión sueco que dejó a su paso por el Mundial de 1958 (un goleador infalible).

Hay una breve historia que pinta a Elza de cuerpo entero. De adolescente, se presentó en el programa de Ary Barroso, un reputado músico y personaje de los medios, donde concursaban aspirantes a artistas. Soares, que no tenía un vestido apropiado para la ocasión, tomó prestado uno de la madre y lo adaptó malamente a su figura con alfileres de gancho. Estaba ridícula. Al verla, Barroso le preguntó a lo Víctor Hugo: “¿Y vos de qué planeta viniste?” La respuesta de la joven fue inmediata: “Del mismo que usted: el planeta hambre”. Tan frontal y digna como entonces, Elza protegió su amor de la chusma. Y soportó la maledicencia y los huevazos en el frente de su casa.

Pero, fiel a las leyendas trágicas, la carrera de Mané se deshilachó en pocos años. El genio del Botafogo no sólo tenía una pierna más corta que la otra; sus rodillas, atacadas por la artrosis, siempre lo hicieron penar y someterse a un sinfín de infiltraciones y tratamientos exprés. La máquina resistió, pero, en 1964, luego de una operación no del todo feliz, sus prodigiosas herramientas de trabajo comenzaron a rebelarse. Llegó a jugar su tercer Mundial y luego deambuló sin pena ni gloria por Corinthians, Flamengo, Olaria y Portuguesa. También hizo una fugaz excursión a Colombia, donde el Junior de Barranquilla se había comprometido a pagarle 500 dólares por presentación. En 1968, era un caché más que respetable. Pasado de kilos, Garrincha jugó un solo partido y se mandó a mudar. Para variar, acusaron a Elza por la deserción.

Lo que siguió es lo que suele seguir. La adoración se convirtió en desprecio y, en el mejor de los casos, indiferencia. Las versiones más melodramáticas del largo final señalan que Mané terminó jugando a cambio de un trago, ya veterano, en canchitas de mala muerte. El descenso a los infiernos, sin embargo, no debe hacernos perder de vista la dimensión colosal del jugador. En tiempos en que Brasil pierde alegremente 7-1 en su casa durante el Mundial, acaso alcanza con recordar que Garrincha jugó 61 partidos con la camiseta de su selección y que apenas perdió uno. Sí, nada más que uno: ante Hungría, 3-1, en Inglaterra 66.

Como si las pruebas a sortear hubieran sido pocas, a la pareja, que años después tuvo un hijo, Garrinchinha, muerto en 1986 en un accidente, también le tocó el exilio. Corridos por la dictadura militar, emigraron a Italia en 1970. La locura sedienta de Garrincha solo empeoró y las agresiones repetidas acabaron con la resistencia heroica de Elza, que decidió dejarlo, en un gesto ineludible de defensa propia.

elzaLuego de la muerte de su amor, en 1983, la cantora, que grabó su primer disco, Se Acaso você chegasse, en 1960, tuvo escasa actividad musical durante casi una década. Rescatada por algunos músicos memoriosos y enarbolando la distinción de la BBC, que la nombró nada menos que la mejor cantante del milenio, entró nuevamente en órbita, con un rostro flamante y algo monstruoso diseñado en el quirófano.

A sus 77 años, junto con el reconocimiento artístico vuelven los ecos de aquel romance maldito. Curtida en lidiar con las desgracias, cada vez que le preguntan, Elza prefiere retener las fotos tiernas: “Garrincha era el fútbol feliz, un hombre alegre que entraba a la cancha y acababa con cualquier tristeza y monotonía”, ha dicho el año pasado. Lo demás es literatura. Y algunas lágrimas a solas.