Nací en mil nueve ochenta y siete. Para ser argentino, es un alivio y una cagada. Un alivio la democracia: soy hijo de exiliados durante la última dictadura. Una cagada, y acá soy egoísta, acaso frívolo, acaso me dé vergüenza decirlo pero acá estoy, porque, ya todos saben que dicen, el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes: una cagada porque no viví a Maradona en el ochenta y seis.

The Truman ShowHay una película, container de pochoclos, otro súmmum yanqui creado en un distrito de El Ei, nada muy brillante, que es The Truman Show. Sin excavar demasiado -ni vale mucho la pena verla- a Jim Carrey le montan, le inoculan una vida ficticia desde que nace, en la que absolutamente todos los que lo rodean son actores de un reality de tevé que lo tiene a él como protagonista. Su mundo es un estudio gigante con miles de cámaras ocultas; el pasado, el presente y lo que vaya a venir, lo que lee en los diarios, lo que ve en televisión, todo está en un guión. Y el único que no lo sabe es él.

Mi vida se fue desarrollando de manera bastante normalita. Clase media de Buenos Aires, de pibe era dócil, las mujeres no me daban mucha pelota, nunca fui un desastre ni un genio en nada, nunca fui un amargo ni un cago de risa, nunca fui cabecilla en ningún pabellón infantil sino más bien un buen Sancho, festejador de chistes ajenos que no hablaban de mí. No los hacía ni los sufría. Me gusta decir que mi vida casi siempre fue un empate. O al menos siempre me conformé con eso. Puntito inteligente. Alguna gastada me habré comido porque me llamo igual que la hija de puta de la Sirenita, sí. Lo normal. Me iba de vacaciones todos los años a Mar del Plata, siempre fui hincha de River. Nunca desentoné ni me rebelé mucho más allá de elegir Coca-Cola en el desafío Pepsi de los noventas. Una vida probable.

De adulto, o algo así, ya me pasaron algunas cosas inverosímiles. River se fue a la B. Una novia, acaso la más importante que tuve, me dejó, de súbito y sin motivos, minutos antes de jugar el partido de fútbol más importante de mi vida, la final del torneo de ex alumnos del Nacional Buenos Aires. (La jugué, sin dormir, me echaron a los cinco minutos, perdimos por mi culpa). (Perdimos es un eufemismo: nos hicieron seis). Una persona que quiero mucho me hizo algo no menos feo colas-reefque innecesario. Gané un premio a mejor periodista gráfico de mi generación. Me levanté a una mina que ganó un culo reef (y la dejé). Digamos, todas cosas que de ninguna manera podían ocurrir. El empate se fue a la mierda. Vi en vivo cómo un par de aviones volaron al carajo el World Trade Center. Fui al recital de Callejeros en Cromañón el miércoles y no el jueves de la tragedia gracias al fragmento de una anécdota que me había contado un tachero borracho una semana antes de sacar las entradas (“los Redondos, después de tocar un par de días seguidos, ya sonaban como el orto, porque tenían el cerebro quemado por la milonga: al último show mejor ni ir”). Últimamente me afanaron el celular dos veces en una semana, las dos por la ventanilla del colectivo, las dos en el mismo lugar (un poco pelotudo, ya lo sé).

Me pasaron algunas cosas (y vi otras tantas) que, momentáneamente, me hicieron fantasear con que vivo en un Truman Show medio berreta. Que todo lo que me ocurre y lo que ocurre a mi alrededor es obra de un guionista clase ce. Hasta que, rápido, un amigo siempre me recuerda que también zafó de alguna tragedia de pedo. Otro me cuenta cómo lo cagó un amigo. A alguno la novia lo dejó en un contexto peor. A un tipo que admiro le robaron su casa de verano con él ahí y al día siguiente y a cientos de kilómetros de distancia, le desvalijaron su casa en Buenos Aires. Todavía ninguno se cogió a un culo reef, pero intuyo que es inminente. River volvió a salir campeón. En definitiva, el mundo es así y todos tenemos nuestros highlights más o menos inconcebibles, muy puntuales, pensé siempre al final. Hasta el otro día.

El otro día se cumplieron veintiocho años de Diego levantando la Copa del Mundo en México. El programa repasó brevemente los hits de ese Mundial. Cuando llegó el dos a uno a Inglaterra, caí: pensé que nada de eso sucedió. Todo falso. Maradona, otro Neil Armstrong en la Luna, incomprobable. Mentira, bah.

El otro día vi De Zurda. Casi siempre lo veo, en realidad: me parece un late night show imprescindible, tener a Diego todos los días ahí, sentado en una mesita, delante de una cámara, contando historias, the hits o bonus rare tracks & outtakes, opinando sobre actualidad rasante, charlando con personajes etiquetados en el álbum de Facebook de su carrera, con una producción y un partenaire (Víctor Hugo Morales) que están a la altura: el Aló Presidente que nos merecíamos nosotros y que se merecía él. Me hace bien ver todos los días a Maradona porque lo siento un amigo mío, uno que siempre estuvo ahí.

El otro día fue veintinueve de junio y se cumplieron veintiocho años de Diego levantando la Copa del Mundo en México. El programa repasó brevemente los hits de ese Mundial. Cuando llegó el dos a uno a Inglaterra, caí: pensé que nada de eso sucedió. Todo falso. Maradona, otro Neil Armstrong en la Luna, incomprobable. Mentira, bah. Después de verlo un millón quinientas ochenta y tres mil cuatrocientas veintiún veces a lo largo de mi vida (las conté religiosamente), desconfié. Todo fue tan perfecto que no ocurrió. Si no lo vi en vivo, no pudo ocurrir.

ARGENTINE-ANGLETERRELos dos goles imposibles en el mismo partido, los dos goles más increíbles de la historia del deporte condensados ahí y que hablan tanto de Diego, de lo contradictorio, de la mano y el derrumbe vivaldiano de ese dominó de inglesitos, su relación con Menem, el Che Guevara en el brazo, esa humanidad que es por la que más lo amo y la razón invencible por la que nunca me va a traicionar. Los goles, esa metáfora acabada y obvia que implicaron los goles para lo que siempre fue él, el diez en la camiseta, la cinta de capitán, el ambiente falkland en latencia, ese relato de Víctor Hugo, el mejor de la historia para el mejor gol de la historia, cada palabra clavada en el ángulo de la argentinidad.

Fue mentira, mirá si todos los planetas van a chocar así, como si volvieran de un finde largo por ruta dos. Y le ganamos a Alemania y salimos campeones, qué mierda es eso, si desde chiquito me enseñaron que a Alemania no se le gana salvo en las películas yanquis de la Second World War.

El tape de Telesur me hizo pensar otra vez en que esto sí es un Truman Show, que ese Mundial es parte de un pasado perfecto que heredé, diagramado por un guionista -si me está leyendo, le mando saludos-, y que ése fue su gran error en la matrix que me armó, que una tortuga se escapó ahí, que por algo no lo vi en vivo y en directo, por algo nací en el ochenta y siete (porque es falso). Nadie me contrastó ese Mundial con nada similar, como hizo la vida con todo lo inconcebible que vi o me pasó. Por eso desconfío.

Sin embargo hoy, acaso Síndrome de Estocolmo, por algún motivo quiero seguir creyendo la farsa del guionista: que se tome un café con Messi.