A Petar Borota le gustaba sentarse en el popular café “Flores”, cerca del mercado homónimo de Belgrado. Una tarde de 1994, mientras saboreaba su momento favorito, un desconocido se acercó a su mesa. El hombre llevaba unos rollos de fotos y quería que el exarquero las evaluara. Eran pinturas clásicas y necesitaba saber si valían algo. Cuando Borota, intrigado, desplegó la película pasaron dos cosas. Una, se dio cuenta que eran imágenes de las obras del pintor realista Paja Jovanic que habían sido robadas de un monasterio. Dos, un grupo de polícias, que venía siguiendo al hombre, entró al bar y detuvo a Petar por robo y contrabando de obras de arte. Al menos, ésa es la versión de Mirjana, su hermana.

Borota entonces solo era un esforzado pintor. Antes había sido, quizás en otra vida, también arquero. Si en algún lugar contrabandeó arte fue ahí, en la cancha de fútbol. Debutó como profesional en el pequeño OFK de Belgrado en 1969, a los 17 años. En poco tiempo, llamó la atención por su habilidad y su arriesgada manera de atajar. Se ganó un lugar en la selección sub21 de Yugoslavia y los grandes del país le ofrecieron todo lo que pudieron para ficharlo. Fue Partizan el que logró convencerlo. Por entonces, ya había organizado la primera exposición de sus pinturas abastractas. Como dice Alberto Cabello, en un excelente perfil de la Revista Libero, sus obras “producen desazón y angustia; una abstracción desordenada, caótica, casi esquizofrénica”.

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Algo de su personalidad se filtraba en su arte. Y eso tiene mucho que ver con el recuerdo dispar que hay de Borota en su propio país. Algunos los consideran un genio, otros apenas un payaso. Al principio, le costó ganarse un lugar en Partizan pero para la temporada 77-78 ya era titular. El equipo fue campeón de Yugoslavia y él apenas recibió 19 goles en 34 partidos. Se transformó en un jugador habitual en la selección aunque rara vez fue titular. Apenas jugó cuatro partidos, y solo dos desde el comienzo. Su debut internacional fue un histérico triunfo 6-4 ante Rumania, por las Eliminatorias para el Mundial Argentina 78, en el que dejó tan mala imagen que pocos volvieron a pedir por su titularidad.

Las cosas comenzaron a complicarse para Borota después de que Passarella levantara la Copa. En septiembre de 1978, a los 8 minutos del partido de revancha de la primera ronda de la Copa de Europa, ante Dynamo Dresden, Petar cometió un error que marcó su carrera. Tras atrapar con la fiereza habitual un centro atrás, caminó unos pasos con la pelota y decidió ponerla en el piso. Cuando tomó carrera para patearla, el pequeño delantero alemán Hans-Jürgen Dörner lo sorprendió y punteó el balón hacia el arco vacío. Dynamo Dresden terminó ganando el partido 2-0 y se impuso en los penales, por 5-4. Borota no pudo hacer nada allí para resarcirse.

“Mi estilo de juego no es ninguna broma, no estoy loco”, aseguró entonces. Igual, todos lo culparon por la eliminación. Un par de meses más tarde, el 29 de noviembre, durante un clásico ante Estrella Roja, Borota cometió el mismo error. La leyenda tiene dos versiones: la primera es que Miloš Šestić, el delantero rival, le hizo creer que habían cobrado falta; la otra, que un silbato desde la tribuna confundió al arquero. La cuestión es que, otra vez, después de descolgar un centro, apoyó la pelota, lo primerearon y le hicieron un gol muy tonto. Era el 1-0 de lo que fue victoria 3-1 para Estrella Roja. Petar se lo tomó con humor. En la TV encontró una pequeña revancha, la pelota volaba a su mano y eludía al delantero. En la vida real, ya nadie lo quería en Belgrado. Para fin de año su situación en Partizan era tan insostenible que, con el equipo peleando en el fondo de la tabla, fue vendido a Chelsea.

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En su decálogo sobre ¿Qué se necesita para ser arquero?, Hugo Orlando Gatti destaca varios atributos para pararse en el arco. Dos parecen esenciales para ese tipo de guardavalla: el swing, para “atraer al público, impactarlo, llegarle al corazón, entusiasmarlo” y la fe, “si yo no tuviera fe ya me habría ido definitivamente al campo. Jugar al arco me aburre”. En Chelsea, entonces un modestísimo equipo londinense que peleaba por evitar el descenso a Segunda, Borota mostró ambas y confirmó que era un arquero de verdad.

Su debut en Stamford Bridge fue colosal. Empataron 0-0 ante el arrollador Liverpool de los 70′. Borota fue una de las figuras. El público blue quedó maravillado con la decisión con que se arrojaba a pelear cada pelota. De todos modos, Chelsea terminó por perder la categoría unos pocos partidos después. Petar, igual, ya era ídolo. Tan acostumbrados estaban a sufrir, a ver pésimos partidos de fútbol, que la aparición de este loco arquero serbio, que atajaba y además daba espectáculo, generó devoción en las tribunas azules.

Con un metro ochenta, una figura compacta y acrobática, Borota marcó una época en el arco de Chelsea. Su compañero Gary Chivers lo recordó al morir como un adelantado en su puesto. “Petar solía salir del área para cabecear o patear la pelota, aunque no era muy bueno en ninguna de las dos”, admitió. Tenía la decisión y no siempre el talento.

11077-zoomAdemás de su juego, Borota fue un precursor en cuanto a estilo. En vez de los ajustados pantaloncitos cortos de los 70′ y 80′, Petar vestía unos cortos un poco más largo, hasta las rodillas, cuya extensión le cosía a máquina su propia madre. Y encima seguía siendo pintor. Se adaptó muy rápido a la cultura punk de la época y su estadía en Londres fue una de sus etapas más prolíficas.

Los fanáticos de Chelsea creen recordar, dudan a veces por lo extraño de sus recuerdos, que Borota hacía un sinfín de locuras cuando atajaba. Que rebotaba la pelota contra el travesaño antes de sacar de volea o que despejaba los centros de cabeza, en vez de agarrar la pelota con la mano. Que le gustaba salir del área para gambetear rivales y que festejaba los goles abranzándose con los hinchas. Que sentaba sobre el arco cuando la pelota estaba en la otra mitad de cancha o que una vez, contra Southampton, amagó con despejar con una volada y le terminó pasando la pelota de taco a un compañero, “para animar a la multitud”, como explicó luego.

Otros hinchas, recuerdan el miedo constante que transmitía su osadía. El mito es que una tarde el viento le voló su gorra y cuando fue a buscar dentro del arco llevaba la pelota en las manos y les cobraron gol en contra. Otra leyenda dice que el padre de Frank Lampard, cuando jugaba en West Ham, le hizo un gol desde su campo porque Borota se fue a leer el diario al banco de suplentes. También, afirman que ante Rotherham United, en una derrota catastrófica, Petar atajó después de tomarse una botella de vodka. Otros puntualizan el gol que le hicieron en un partido contra Watford desde 30 metros cuando salió del área.

Como fuera, Borota garantizaba emociones en una época del fútbol inglés donde escaseaban. “Lo más importante para un arquero es atajar la pelota. Da igual que sea con las manos, la cabeza o el culo”, repetía. Por eso, los fanáticos de Chelsea lo consideran el mejor arquero de su historia. Y por las mismas razones, cuando John Neal llegó como nuevo DT a Chelsea decidió sacarlo del equipo.

Prefirió poner de titular a un inexperto y jovencito arquero de 17 años porque le parecía más seguro que aquel serbio arriesgado que estaba por cumplir 29. Después de más de 100 partidos en Stamford Bridge, con un ascenso que se les escapó por diferencia de gol y dos temporadas seguidas siendo figura del equipo y hasta capitán, Borota pasó a Brentford, aunque nunca llegó a jugar allí. Los últimos años de su carrera deambuló por Portugal, entre Boavista y Porto, la mayor parte del tiempo como suplente.

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Luego del profesionalismo, la historia de Borota se llena de misterio. En Serbia hay versiones diversas sobre lo que pasó cuando dejó el fútbol. Una afirma que para evitar volver a su país, donde pendía una sanción por evitar el servicio militar obligatorio, pidió asilo político y trabajó como entrenador en equipos ignotos de Sudáfrica, durante el vergonzoso Apartheid de los 80′.

Hay quienes dicen que volvió a Belgrado con la idea de ser preparador de arqueros, pero que el club le dio la espalda. Que puso una perfumería en un hotel, que seguía con su pasión por la pintura y que había tenido nuevas exposiciones y hasta una gran retrospectiva de su obra. Hasta esa tarde en el Café “Flores”, que lo llevó a pasar seis meses en detenido mientras se desarrollaba la investigación.

Vujadin Boškov, ex DT Real Madrid, y Siniša Mihajlović, el excrack de Sampdoria, sus amigos, lo ayudaron a instalarse en Genoa luego de salir de prisión. Ahí murió a comienzos de 2010, solo y decepcionado, tras una larga enfermedad que nadie se anima a pronunciar, a los 56 años. La última vez que habló con su hermana, por teléfono, ella se dio cuenta por su voz de que algo andaba mal. El respondió: “No tengo nada, solo amigdalitis. Todo va a estar bien, cuida a mi madre”. Murió el 12 de febrero, el mismo día que su padre.

El arte fue su única compañía. Un medio serbio afirma que Borota “no podía soportar lo que le ocurrió”. Su hermana asegura que “se había convertido en un recluso, cerrado sólo en su pintura”. La vida se le había vuelto puramente abstracta. “Nunca hablaba de fútbol”, agrega. Esa locura la había abandonado hacía mucho tiempo.