Hay que dividir las cosas.

Por un  lado está la emoción, la entrega de los jugadores, la capacidad para sobreponerse a todo y seguir bancando la parada.

De ese mismo lado está la alegría que nos dio ganar en la definición por penales, algo que se nos negaba desde 1998, cuando Argentina, en octavos de final, derrotó a Inglaterra con las atajadas de Lechuga Roa.

La gente que salió a la calle a festejar es parte de este mismo costado. Genuinamente está celebrando que el equipo llegó a la final del Mundial después de 24 años. Una generación de argentinos está viendo por primera vez al equipo en esta instancia.

sergio romero festejo argentina 2014También debemos poner en el haber algunas actuaciones individuales. Romero en primer lugar. Cuestionado por todos, bancado por uno solo, justamente el más importante: Sabella. Zabaleta y Rojo, los marcadores de punta en los que nadie creía y que están jugando un Mundial maravilloso. Mascherano, por supuesto. Hizo, sin dudas, la jugada del campeonato cuando se estiró más allá de lo normal para taparle el tiro del final a Robben. O Enzo Pérez, que fue la inesperada figura del equipo por su despliegue, audacia y talento. O el Pipita Higuaín, que tapó cada salida holandesa, que corrió como un salvaje contra todos, que dio más de lo que tenía y se fue reemplazado por Agüero cuando estaba exhausto.

Dicho todo esto, hay que decir que Argentina jugó mal en el partido contra Holanda. Igual de mal que su rival. Que hizo un correcto primer tiempo y que el resto del partido esperó que transcurriera el tiempo con tal de llegar a los penales o soñó con un milagro (solo un milagro podía ser) que le permitiera convertir un gol.

Cuando un equipo decide resignar una fase del juego (en este caso el ataque), es probable que defienda bien. Argentina lo hizo. Pero olvidó (o resignó) un aspecto básico del juego: los partidos se ganan haciendo goles. Así y todo lo pudo perder en ese mano a mano de Robben. O lo pudo ganar con ese cabezazo de Palacio a las manos del arquero holandés o con el remate de Maxi Rodríguez después del desborde de Messi (lo único que hizo en todo el juego, seguramente afectado, como quien firma esta columna, por la tragedia que se llevó la vida del Topo López).

Argentina está en la final contra Alemania. Hay que festejar, por supuesto. Como locos. Pero si queremos transitar ese pasito decisivo para dar la vuelta olímpica en tierra brasileña, como todos lo deseamos, habrá que entregar un poco más de fútbol, ser más audaz, tener menos miedo a perder.

Recordemos que la historia jamás la escriben los cobardes.