El anochecer del viernes encontró a Justo escuchando la radio, como buena parte de la ciudad. “Bastiero avanza por la derecha decidido”, gritaba el relator, deja en el camino a Aguirre y a Gioda y se va en busca de continuar este milagro gualeguaychuense que se llama Juventud… Devuelve el arquero Perafan y Zampedrini, que entra solo, busca ampliar su racha… Remata decidido, el arquero la toca pero la PELOTA TIENE DESTINO DE RED. GOOOOOOOOL, gol de Juventud en Pergamino, GOOOOL. Juventud debuta en la B Nacional con un triunfo de visitante, pellizcame porque me muero”. La radio siguió con su griterío triunfalista, rezumando chauvinismo mechado con genuina alegría.

A Justo se le pintó una sonrisa y siguió con lo suyo, en su piecita de la calle Angelelli, un cuadradito en el barrio Médanos, con medio revoque en una sola pared, un pequeño hornillo montado sobre una garrafa en el que la pava casi siempre estaba apoyada, dos camitas en L, una mesa con tres sillas de madera (marcadamente diferentes una de otra) y toda la soledad de un hombre de 55, que fue tío, padre y madre de la hija de su hermana, y ahora que su sobrina Moira se fue a vivir al recién estrenado PH de su novio, en la calle Urquiza, pasa los días en soledad, sin quejarse ni pensar demasiado en sí mismo. Justo siente los años con la humedad permanente del lugar en cada hueso, cada golpe de una vida en la que el trabajo comenzó a los ocho años y, sobre todo, en esa maldita rodilla que apenas le permite caminar los días en que la humedad afloja un poco.

Moira, una morocha espectacular según la definición “técnica” de los guasos de la cuadra, lo acompañó en los años más duros, cuando sus padres vivían porque respiraban, pero se hallaban irremediablemente hundidos en una damajuana, en alguna choza de las islas, bien al Sur, cerca de Brazo Largo. Con cada pesito robado a las ganas de comer otro pan o ir a algún lugar más divertido que la iglesia, se preocupó porque la chica fuera a la escuela, al colegio y “estudiara algo más”; sus siete hermanos no tuvieron tanta suerte y la mayoría recorrió los caminos bravos de la caridad y el patronazgo hasta llegar a la cárcel y una bala que los detuviera. Sólo dos viven, se supone que en Brasil. Se supone.

La universidad la encontrará a Moira este 2015 cursando comercio internacional aunque la chica trabaja y paga sus gastos, ayudada por José María, un novio que afloja los billetes que nunca le costó demasiado ganar con generosidad. Justo, de todos modos está lejos del desahogo. Toma yerba uruguaya, no por moda sino porque la yerba quemada y sin palo dura mucho más. Mientras Zampedrini hacía delirar a una ciudad copada por el diablo del verano, un calor húmedo insoportable y una legión de visitantes aficionados al ruido y las libaciones extremas, Justo intentaba pintar dos de las sillas. Un pequeño lujo, obsequio de Moira, para quien ahora su piecita tenía “un aire a Brooklyn brutal”.

José María -un arquitecto de apellido de varias generaciones prósperas en Gualeguaychú, socio, hincha y allegado de Juventud Unida- “no parece un mal muchacho”, al parecer de Justo, quien no frecuenta la vida social y familiar de la pareja. Es lógico en una ciudad en la que, como en tantas otras apoyadas sobre las rutas argentinas, la mitad sana de la población (que nunca supera el 20 por ciento), estaba preservada por esa línea divisoria invisible pero más drástica que el límite de la Franja de Gaza de los indeseables, los que no quieren mejorar…

Moira desfila el lunes de carnaval en Papelitos, la comparsa que representa a Juventud Unida, y José María se babea por anticipado por exhibir su jugosa carne delante de amigos y allegados, como si se tratara de un ejemplar único de su hacienda. En el palco, junto con la “mitad” influyente de la sociedad verá contonearse a su chica. Le habían dado un par de pases a Justo, pero éste se los regaló a una vecina, ya que prefiere trabajar toda la noche, barriendo la cantina de una gente conocida, por más que la rodilla esté a punto de dejarlo inválido.

Después del partido y su After, en la radio volvieron a pasar música. En una de ésas, un nostálgico DJ puso una vieja canción de Serrat, Fiesta, a tono con lo que vive la ciudad. “Y hoy el noble y el villano, / el prohombre y el gusano / bailan y se dan la mano / sin importarles la facha (…) / Y con la resaca a cuestas / vuelve el pobre a su pobreza, / vuelve el rico a su riqueza / y el señor cura a sus misas (…) / Se despertó el bien y el mal / la zorra pobre vuelve al portal, / la zorra rica vuelve al rosal, / y el avaro a las divisas. / Se acabó, / el sol nos dice que llegó el final, / por una noche se olvidó / que cada uno es cada cual”.

El miércoles, José María seguirá por TN la marcha de los fiscales, “a ver si la tumban de una vez a la yegua”. Justo, en tanto, irá a la iglesia a encender una vela por la salud de la madrecita de los pobres.