Las promociones del Superclásico –y cierta fraseología proferida como verdad científica– quieren hacerlo ver como un partido especialísimo, como una burbuja ahistórica librada a un frenesí siempre original. Un duelo cuya magia reside en igualar a los contendientes y anular cualquier previsión fundada en la lógica deportiva. Es un buen intento para reforzar el interés, pero que normalmente tropieza con el obstáculo empecinado del mundo real.

La primera semifinal de la Copa Libertadores jugada en el Monumental no hizo más que reflejar con claridad pedagógica las grandes diferencias –empezando por las ambiciones y la autoestima– entre River y Boca. Diferencias conocidas antes de que el brasileño Claus pusiera en marcha el show y que privaron al clásico de cualquier atisbo de sorpresa. River ganó con comodidad; Boca perdió sin reaccionar, sin amagar siquiera con un programa alternativo al precario aguante en la trinchera, el trivial vademécum que Alfaro suele presentar como una enciclopedia táctica.

River es mejor que Boca y acaso mejor que el resto de los equipos de este lado del mapa porque su repertorio incluye las dos fases del vértigo que la época obliga a suscribir. El primer movimiento consiste en lo que se ha dado en llamar presión alta. Hasta aquí, no existen grandes problemas y todos los equipos muestran una hipertensión muy bien ensayada. Persiguen, enciman, incomodan, acorralan al adversario allá adelante. Como tábanos, como perros de pueblo detrás de los autos pero sin chumbar. La dificultad comienza cuando, producto de esa asfixia, se recupera la pelota y es menester hacer algo con ella. Lo más recomendable, enfilar hacia el arco ajeno. Esa página del guion colectivo está en blanco. No se asignan funciones ni movimientos específicos. La eficacia se evapora, sólo permanece la velocidad banal que conduce al laberinto y se consume como un fósforo. Si en el fútbol, como en el básquet, se contabilizaran las pérdidas, las estadísticas serían escandalosas.

River, en cambio, tiene algo para decir cuando se queda con la pelota. Se despliega organizadamente, ocupa con sensatez las zonas laterales, no le tiembla el botín para meter un pase profundo. Y todo parece fácil. Como en el segundo gol. Se puede abrir un párrafo especial para Nacho Fernández y De la Cruz, aportes estelares en la noche de Copa, pero sería injusto con los demás. Con una expresión plural que absorbe las irrupciones personales. River no tiene súper cracks. El apellido que le arranca el grito a la tribuna es Gallardo, venerado autor, según el hincha, de estos días venturosos. Y, sobre todo, de la paternidad sobre Boca.

El partido hizo su tributo a la tecnología. El primer gol lo marcó el VAR por intermedio de Borré. A propósito: si pasa más de un minuto, los delitos, aunque ocurran dentro del área, deberían prescribir. La oportunidad es un atributo de la justicia. Nadie dice que no fue penal. Pero para revisar el pasado existen otras instancias: tribunales federales, bibliografía, debates interdisciplinarios, conferencias, ese tipo de cosas. El VAR se empieza a poner arrogante, por encima de la materia sobre la que falla. O, mejor dicho, sobre la que presta su auxilio visual para que el árbitro falle.

El penal cobrado y convertido cuando el juego apenas despegaba anticipó el final. Expandió la brecha entre uno y otro. River ganó serenidad, se afanó en consolidar la ventaja que pudo ser mayor a dos goles y evitó sobresaltos. Controló la historia de punta a punta, con la pelota en el bolsillo. Boca, por su parte, parece jugar mal voluntariamente. Sienta en el banco a los buenos, dispone titulares y tareas de difícil comprensión (Soldano y Reynoso, los más desconcertantes) e invierte todas sus expectativas en las artes limitadas de Wanchope Ábila. Un complejo dispositivo que recoge variadas tradiciones tácticas llamado “Tírensela al grandote”.  

Y Ábila, solito su alma, se faja cuanto puede con los centrales. Pivotea con destreza. Pero juega como una náufrago. Y lo que le sobra de fortaleza física, lo adeuda de velocidad –por eso suele caer en posición adelantada con frecuencia–, cualidad indispensable si jugás con nula compañía. Esto es, forzado a encarar más que a proteger la pelota. Así y todo, se las rebuscó para propiciar la única acción de gol, derrochada por  Capaldo debajo del arco. Urgido por empardar un partido cuesta arriba, Boca fue incapaz de imaginar otro plan. Tevez, Salvio y Zárate, convidados tardíos, esbozaron tímidamente un lenguaje más elaborado. No les dio ni para marcar el golcito de visitante.

Alfaro, tan atildado que luce, tan maduro, obra como el joven licencioso que dilapida la fortuna trabajosamente forjada por el abuelo. Ha convertido un carísimo plantel en un equipo de vuelo rasante. Su dogma conservador tira más que el vergel de posibilidades que le ofrecen, chequera mediante, sus empleadores. Dice que en la revancha dejarán la piel para ganar y pasar a la final. Suena exagerado. E innecesario. Jugar al ataque –pero por convicción– quizá sea una idea más provechosa.

Noto pubicada por la Agencia de Buenos Aires

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