Nunca vamos a saber si los planteos de Lanús como visitante fueron por decisión propia o por méritos ajenos. Lo cierto es que en los partidos de ida contra San Lorenzo, River y Gremio, Lanús se paró con una actitud excesivamente pasiva. Como confiando de una manera exagerada en su fortaleza como local. Claro, en el momento de las revanchas contra los equipos argentinos, se entendió a la perfección por qué Lanús confiaba tanto en su casa. Porque es otro equipo, sencillamente. Es como si los jugadores se movieran mejor y la pelota circulara más rápido. Así fue como le metió dos a San Lorenzo en un tiempo y cuatro a River para remontar dos series que le pusieron un marco de hazaña a la llegada a la final.

Sin embargo, aquellas dos lecciones no le sirvieron de aprendizaje y Lanús volvió a repetir la historia de sus partidos de ida también contra Gremio. Si hasta volvió relativamente conforme de Porto Alegre por el 0-1. Pero el que sí pareció tener bien estudiada la lección de las series anteriores fue Gremio. Renato Gaucho puede estar muy feliz por ser el primer brasileño en levantar la Libertadores como jugador y como técnico. Aunque debería estar más feliz porque todo lo que pensó en la previa, sus futbolistas lo ejecutaron a la perfección y así no hubo ni rastros del Lanús que supo bailar a San Lorenzo y a River.

Gremio tapó a Pasquini y a Román Martínez y Lanús no supo cómo resolver el intríngulis. Se quedó sin transición entre líneas y debió vivir de lo que pudiera hacer Sand, que fue bastante pese a la falta de aliados. Pero lo de Gremio no se quedó sólo en eso. Con tres baluartes como su arquero Marcelo y los volantes Arthur y Luan, se hizo ancho, profundo, contundente y hasta vistoso. Porque sí, señores, aunque nos quieran engañar con esa sanatita de que “las finales no se juegan, se ganan”, primero hay que jugar para ganar. Y Gremio jugó. Jugó mucho.

Es cierto que Gómez se equivocó feo en una entrega con el equipo mal parado. Pero también es verdad que a Fernandinho, que robó en mitad de cancha, nadie le pudo descontar un metro en esa gran galopada. Llevó tan bien la pelota con su zurda que ni siquiera pudieron agarrarlo para hacerle falta. Y luego vino la joya de Luan, desparramando gente como si enfrente tuviera a sus sobrinitos.

Si hubo algún atisbo de recuperación en el segundo tiempo fue porque Pasquini le entró muy mal a Arthur y lo sacó de la cancha. Gremio perdió su eje aunque le alcanzó para llegar cómodo a destino. Básicamente porque antes había hecho todo lo posible para que Lanús no estuviera cómodo con su plan habitual. Y jamás apareció un plan B.

El cerrado aplauso final de la gente de Lanús fue un reconocimiento a un equipo que le regaló un año maravilloso, desde el juego y desde los resultados. Le faltó la gran corona, sí, pero una caída tan dura como ésta es menos dura si antes se disfrutó el mientras tanto. ¿Y quién puede dudar de que Lanús recordará esta Libertadores con tristeza por la oportunidad perdida pero también con mucho placer porque fue muy lindo mientras duró?